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Corazones perdidos, una historia de fantasmas

Corazones perdidos, una historia de fantasmas
Corazones perdidos, una historia de fantasmas.

¿Hartos de la navidad? ¿Les duele la cabeza solo de pensar en los villancicos? ¿Están cansados de comer hasta la saciedad mientras escuchan a su tío Paco contar la misma anécdota año tras año? Este es un artículo pensado para los más grynch que pasan de la movida navideña.

La Navidad se celebra solo unos días después del solsticio de invierno, la noche más larga del año, la noche más oscura… Antiguamente, esta época se aprovechaba para contar historias de miedo llenas de misterio a la luz de la lumbre. Hoy vamos a recuperar esa esencia, así que les pedimos que apaguen las luces de la habitación para que disfruten de esta versión libre del relato clásico de M. R. James, Corazones Perdidos.

Era septiembre de 1811 y el pequeño Stephen Elliot, que acababa de quedarse huérfano, se mudó con su primo mayor a Aswarby Hall, un caserón en la campiña inglesa. Algo sorprendente, ya que los habitantes de la zona sabían que Abney era un huraño estudioso de antiguas religiones que detestaba el contacto humano.

El señor Abney acogió con alegría a su joven primo. Le presentó a la señora Bunch, su ama de llaves, que no tardó en hacerse amiga del niño. Llevaba veinte años trabajando en la casa y contestaba gustosamente a todas las preguntas que Stephen le hacía.

Una noche, mientras estaban sentados junto al fuego, le preguntó a la señora Bunch:

-¿El señor Abney es un buen hombre e irá al cielo?-

-¿Qué si es bueno?- Repitió el ama de llaves. El señor es un santo como no hay otro. -¿No te ha contado nunca cómo recogió a un niño en la calle? ¿Y a una niña también?- No. cuéntemelo, señora Bunch-

-Bueno, de la niña no me acuerdo muy bien. El señor Abney la trajo hace mucho. La pobre criatura era huérfana. Vivió aquí tres semanas. Luego, una madrugada, se marchó antes de que se levantase ninguno de nosotros. Nadie volvió a verla más.-

-¿Y qué pasó con el chico?- Preguntó Stephen.

-¡Ah! ¡Pobre muchacho!- suspiró la señora Bunch. -El señor lo encontró hará unos seis años. Era extranjero y no tenía a nadie en el mundo. Estuvo aquí un tiempo, luego se fue una mañana, igual que la niña. Y no volvimos a saber de él.-

Esa noche, Stephen tuvo un sueño extraño. Al final del pasillo donde estaba su dormitorio había un cuarto de baño que no se utilizaba. A través de la cristalera de la puerta se veía una vieja bañera al pie de una ventana. Stephen soñó que estaba mirando a través del cristal. La luz de la luna entraba por la ventana. Tendida en la bañera había una niña delgada, envuelta en un sudario, tenía unos finos labios extendidos en una sonrisa pálida y horrible. Se apretaba las manos con fuerza sobre el corazón.

Mientras Stephen miraba, la niña empezó a gemir y a mover los brazos. El terror de esta visión le despertó. Descubrió que estaba de pie en el pasillo. Con notable valor, se asomó a mirar por el cristal, para comprobar si estaba la figura de su sueño, pero allí no había nadie.  Stephen regresó a la cama.

A la noche siguiente, la señora Bunch se hallaba en la despensa mientras Stephen jugaba cerca. El señor Parkes, el mayordomo, entró corriendo a decirle algo a la señora Bunch, pero no vio a Stephen.

-Si el señor Abney quiere vino, que baje a cogerlo él, señora Bunch- Tartamudeó el mayordomo. Yo a la bodega no vuelvo a bajar. Allí hay algo. Me gustaría poder decir que son ratas, pero me temo que se trata de algo peor. Juraría que he oído hablar.

-¡No diga disparates, señor Parker!- Replicó la señora Bunch. Va a asustar al señorito Stephen.

-¿Eh? ¿Al señorito Stephen?- Dijo Parkes, dándose cuenta de la presencia del muchacho por primera vez. Stephen sabe de sobra que le estoy gastando a usted una broma, señora Bunch. La expresión de la cara del mayordomo no decía lo mismo.

Era el primer día de primavera, un día ventoso de marzo. En la comida, el señor Abney le dijo a Stephen que tenía que hablar con él de un asunto importante; debía subir a su despacho hacia las once de la noche. Rogó a Stephen que no se lo dijera a nadie. A Stephen le emocionó la idea de permanecer levantado hasta tan tarde.

Esa noche, al subir a su cuarto, echó una mirada fugaz al despacho. Observa a su tío tomando una copa de vino tinto mientras lee unos legajos y quema incienso de una caja de plata.

A las diez, Stephen estaba delante de la ventana abierta de su dormitorio contemplando el paisaje. El viento soplaba cargado de rumores espectrales y al ir a cerrar la ventana, divisó abajo, en el jardín dos figuras de pie. Eran un niño y una niña, el uno al lado del otro, y miraban hacia arriba. Con un escalofrío, Stephen reconoció a la niña de su sueño.

Estaba inmóvil, medio sonriendo, con las manos apretadas sobre el corazón. El niño era más espantoso, delgado, con el pelo negro y las ropas harapientas. Alzaba los brazos con ademán anhelante y de amenaza. Stephen pudo ver que el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, tenía abierto un negro agujero.

Stephen empezó a oír un llanto de lo más lastimoso y horrible. Aunque no era exactamente una voz. Era más bien como una sensación que experimentaba en su propio cerebro. Era como el llanto de un alma hambrienta y solitaria que invadía su cerebro.

Un momento después, las espantosas figuras, sin hacer el menor ruido, se desvanecieron. Terriblemente asustado. Stephen tomó la vela y se fue corriendo al despacho del señor Abney. Eran casi las once. Llamó, pero no obtuvo respuesta. Impulsado por el terror, Stephen empujó la puerta, pero estaba cerrada con llave. Entonces oyó que el señor Abhey intentaba gritar, pero el grito se le ahogó en la garganta.

¿Por qué? ¿Acaso había visto él también a los misteriosos niños? Luego quedó todo en silencio y la puerta se abrió por sí sola. Stephen descubrió al señor Abney en su butaca. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con una expresión de rabia, miedo y espantoso dolor. En el costado izquierdo del pecho, a la altura del corazón, tenía un agujero negro y profundo. Sus manos estaban limpias y no había rastro alguno de sangre en el largo cuchillo que se encontró sobre la mesa. La ventana estaba abierta.

Tras las investigaciones oportunas, la policía concluyó que debió matarlo algún animal salvaje. Pero cuando Elliot investigó los papeles de su tío, se encontró con la verdadera razón de su muerte.

Abney creía firmemente en que podía conseguir la vida eterna consumiendo los corazones de tres niños. Para ello, debía extraerlos de las víctimas aún vivas, quemarlas y mezclarlas con vino. El corazón de Stephen debía ser el tercero en la macabra receta…


Bibliografía

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